Sobre ser "tibio"

Por: Juan Esteban Parra Amariles

Con las elecciones a casi dos semanas de distancia, esta pequeña columna está un poco desactualizada. En mi defensa, toda reflexión puede tener su inspiración en cualquier momento de la historia y no por ello está desactualizada. Un ejemplo famoso, solo por citarlo: Todorov hizo su ensayo La conquista del otro (1982) inspirado en la conquista de américa, con casi cinco siglos de desfase cultural. Otro más, para seguir con la columna: La Ilíada de Homero, el texto literario más antiguo del que se tiene noción escrita, todavía es leído como un clásico y sigue dando de qué pensar. ¿El que piensa sobre ello está desactualizado?

Decidí empezar con la columna con una pequeña confesión: no soy muy afín a la política. Pero una noticia reciente me hizo entrar en reflexión: la respuesta de Sergio Fajardo a sus críticos por considerarlo “tibio”. La respuesta que dio no fue tan interesante como el hecho en sí: ser criticado por tratar de estar en la mitad de dos (o más) bandos. ¿Qué puede haber de malo en ello? Es decir: tratar de conciliar dos actitudes opuestas, tratando de sacar de ambas sus mejores características, es un acto que invita al progreso y a la formación de nuevas ideas ¿no? Olvidé que Hegel está muy viejo, y esta es una visión simplista, e ingenua a veces. La movilización de una idea que parecía muy lógica empezó una reflexión algo pequeña, pero tal vez importante en un país que hasta principios de milenio dejó de tener dos partidos políticos opuestos (Liberal y Conservador) y concibió muchas más ideas (Cambio Radical, Mira, Polo…).

Al pensar en tratar de conciliar ideas y llegar a un acuerdo de dos ideas opuestas, viene a la mente cualquier discusión: una pelea en casa, un debate entre amigos, una serie de quejas entre una pareja, etc. En estos casos, muy cotidianos, se llega a un trato en el que ambas partes obtienen beneficios y se comprometen a mantenerlos. La política funciona de forma parecida: una cámara de representantes se abre la discusión de propuestas que podrían mejorar el país. Pensando así, un presidente que sea “tibio” no está mal: permite que múltiples ideas lleguen a hacerse realidad sin mucho problema ¿Verdad? Es una idea lógica.

Lamentablemente, tal idea es demasiado ingenua. Volviendo al ejemplo cotidiano, estas oposiciones, aunque lleguen a acuerdos, siempre empiezan porque una de las partes está en desacuerdo. Esto implica que las discusiones empiezan siempre por uno de los dos lados, no ambos al tiempo. Significa también que alguna de las partes va a obtener más beneficios que el otro: puede que la parte que empezó la pelea logré imponer su punto de vista, puede que deba aceptar el del otro, puede que cambie un poco su percepción y cambien un poco las cosas por una parte u otra, etc. De cualquier manera, por ello no se puede esperar que una discusión sea totalmente objetiva. Toda discusión debe tener una meta, una idea a la cual llegar, la cual nunca puede ser imparcial (obviando, en parte, los debates científicos).

Este concepto se magnifica en extremo al llevarlo al tamaño de un país. Toda idea que se proponga mejorar la nación va a ser obligatoriamente dirigida a una población, lugar o sector en específico. Un presidente “tibio” sería incapaz de llevar a cabo un análisis verdaderamente crítico de esas propuestas, pues sin una postura desde la cual aceptar o negar algunas, le sería imposible diferenciar lo que realmente ayudaría al país en general y lo que afectaría a ciertas partes y acabaría con otras.

Por otro lado, el compromiso absoluto a una idea es igual de malo a la mediocridad de no poseer postura. El llamado fanatismo no permite de ningún modo ser crítico ante cualquier idea. Es considerado un sesgo cognitivo, lo que quiere decir que el pensamiento se ve “cortado” y elige una ruta más fácil a la lógica. En un estado de fanatismo, las ideas opuestas a las que se tienen por verdad son de inmediato descartadas. Son incorrectas en sí mismas, solo por el hecho de ser opuestas a lo que se piensa. Un error muy común, pero catastrófico. Sin embargo, a pesar de ser opuesto a la idea de “ser tibio”, sus consecuencias son tan similares que un análisis más profundo no es necesario.

Al tomar una postura, sea la que sea, se debe estar abierto al debate y al cambio, lo cual es distinto de ser “tibio”. Diferenciar ambas es indispensable, pues mientras que ser “tibio” es una forma de ser mediocre, ser abierto al debate es una forma de ser crítico. Las ideas nuevas siempre deben ser discutidas y las antiguas también. Admitir las ideas buenas, descartar las absolutamente malas, ver sus bases y evitar que un ideal se vuelva una obsesión. Eso es ser crítico.

La conclusión que es posible obtener de esta reflexión es la de ser capaz de tener una postura y que esta siempre esté abierta a cambiar. No existe realmente una verdad absoluta, o si existe no disponemos de ella todavía. Abrir la mente y mantener el debate, no ser “tibio” ni fanático es algo que se debería aplicar en todo para la vida. Y eso incluye, como no, la razón por la que se hace esta columna en primer lugar: los partidos y elecciones políticas.